(Experiencias de Shats en China)…
Entré al Karaoke del centro de Guangzhou al que me habían invitado unos proveedores de esta ciudad. Era un salón grande a media luz con una inmensa pantalla y un notebook para programar lo que supuestamente “quisiéramos cantar”. No era el único cliente ni asistente al lugar. Estaban, además, dos venezolanos con los que había ido a comer hace unos minutos y que como buenos caribeños estaban felices con la invitación; unos polacos sentados en un sillón al fondo con cara de que ya llevaban un rato esperando porque se notaba que ya les había entrado agua al bote con el Sake (licor de arroz); Lesley y Jane que eran las vendedoras de esta empresa, ambas chinas que como todos los chinos que trabajan en comercio exterior se cambian los nombres originales para hacerlos más digeribles para los occidentales; y, por último, el jefe de la compañía que era un chino fome -como casi todos los orientales de sexo masculino- , flaco de lentes gruesos y cara sonriente que fumaba mirando con agrado cómo nos tenía reunidos a todos juntos en su gran fiesta.
Sobre la mesa de centro, muchas cosas para picar desde maní hasta patas de pollo -que los chinos se comen como si fueran aceitunas- e innumerables vasitos de sake que nos eran ofrecidos a cada rato para un salud rotativo con quien sea, no llevaba ni 10 minutos y ya me habían hecho tomar como cinco, el carrete chino al parecer es con harto alcohol. A cada instante, llegaban unas chinitas monas con nuevas bandejas con más vasitos y cositas para picar. Y entre medio aparecían también amigos y amigas del jefe, los amigos parecían efectivamente amigos, pero las amigas parecían contratadas, entre ellas una supuesta ejecutiva de Microsoft china y unas gemelas muy jóvenes, animadas y sonrientes que no deben haber tenido más de 18.
El jefe flacucho y un tanto ebrio nos incitaba al baile, mientras los de Venezuela programaban los temas del computador, Lesley me agarró del brazo y me lanzó a la pista, yo la seguí mientras en pantalla un chino rapero cantaba algo medio pop que aparecía con las siglas de MTV China. Jane sacó a bailar también a los venezolanos. Las chinitas bien tiesas, se movían robóticamente moviendo sus manitas para arriba y abajo mientras daban pasitos cortos con los pies. Lo raro es que no bailaban con nosotros, nos daban la espalda y danzaban con el cantante de la pantalla, luego entre ellas, luego con nadie, eran como esos juguetes a pilas que de repente uno les pierde la vista y se quedan rebotando mecánicamente con cualquier cosa, con los venezolanos subíamos los hombros sin entender nada.
Luego a sentarse, mientras la ejecutiva de Microsoft y las gemelas me invitaban como al décimo primer salud. Ya me sentía un tanto mareado en esta fiesta extraterrestre. Lesley nos quiso dar en el gusto y empezó a poner música típica de Latinoamericana como Guantanamera y la Isla Bonita de Maddona, de nuevo todos al ruedo a bailar la inbailable Guantanamera, el jefe agarró el micrófono y se puso a cantar “guachamela huijillla guinchinamamera” en verdad era peor que eso, un chillido como entre esperanto y jerigonzio.
Uno de los polacos cayó en el desvarío total y se puso como a bacilar sevillana con movimientos histriónicos de polaco-lover y agarró a la loca de Microsoft y la hizo danzar un raro tango, mezclado con folclore transilvano, y entre medio le pegaba un agarrón en el poto y la miraba con cara de qué atrevido soy. Definitivamente el amigo de Europa del Este se había curado en mala. En tanto los chinos juraban que estas canciones e incluso “New York, New York” eran parte del más originario folclore latinoamericano.
El climax de la noche, fue cuando el jefe agarró al polaco alegre y a sus amigos que estaban con caras de parqueados y a la fuerza los hizo bailar en una ronda la “La isla bonita”. Luego en no se que lógica oriental carnavalesca, Lesley me trajo un cacho y unos dados y jugamos “Dudo”… ná’ que ver.
Por un segundo, tomé distancia y miraba todo esto ya medio dañado, pensando que estos chinos querían divertirse a la occidental pero les salía bien patético o que quizás me habían atropellado y éste era mi camino hacia el purgatorio. El caso es que, después de dos nuevos Sake y producto de ello las gemelas se me habían cuadruplicado, pedí que me llevaran al hotel.
Beijing
Richard, mi socio que me había invitado a Beijing, es un chino absolutamente simpatizante del Partido Comunista y del establishment , por ello -creo- el último día en la ciudad me llevó a conocer el palacio dedicado al Chairman Mao en la Plaza Tian an Men.
El palacio es el edificio más llamativo de esta gigantesca plaza -un peladero monumental de adoquines considerado la más grande del mundo- para acceder a él tuvimos que hacer una cola eterna al estilo chino, más de dos horas de disciplinada fila que daba una y otra vuelta al lugar. Finalmente llegamos a la entrada adornada por unas estatuas gigantes que conmemoran las hazañas de Mao en la Segunda Guerra Mundial y otras. Debimos pasar por unos estrictos controles de seguridad en que nuestras pertenencias eran analizadas con rayos X mientras unos militares chinos nos observaban con cara de sospecha. A Richard le quitaron las pilas de su cámara fotográfica y lo cachearon de arriba a bajo. Luego de esto, media hora más de cola. Mi socio me dijo que iría a comprar a un quiosco ubicado en el patio de entrada y llegó de vuelta con dos claveles rojos.
Finalmente, entramos al recinto, yo como siempre conversaba animadamente y me reía con Richard y éste, por primera vez desde que lo conozco, me hizo callar secamente con un “Shat up”. Estábamos traspasando el umbral del palacio dedicado al “Chairman” y en un salón gigantesco, se veía una estatua descomunal de Mao sonriente sentado en su trono, y eso supuestamente era un momento casi divino que no debía ser interrumpido con lo mundano. El tamaño y el gesto de la estatua recordaban esas clásicas e inmensas representaciones de Buda, lo que por cierto no creo que haya sido una mera casualidad. Frente a la imagen había una vasija para depositar las flores, Richard me pasó el clavel para ir a ofrendarlo al dictador chino, yo amablemente se lo devolví. Para decirlo en chileno nica le regalo una flor al dictador creador de la famosa “Revolución Cultural”.
Los militares nos apuraban con severidad, la cola debía avanzar y eso que no llevábamos ni dos míseros minutos en el lugar. Luego nos hicieron entrar a otro salón también inmenso, en él dentro de una vitrina recostado en su lecho estaba el verdadero Mao Tse Tung momificado. No se lo podía mirar más que de reojo, los custodios te obligaban a dar vuelta la cabeza, los mortales sólo podíamos darle un vistazo al líder chino.
Todo esto demoró tres minutos y para afuera. Dos horas y media de cola para tres minutos de sacrosanto espectáculo. Richard me miró y comprendió que yo estaba desconcertado y me dijo “Para muchos como yo, el chairman Mao es más que un líder, un dios”. Mientras me decía esto hacía apuestas mentales de cuanto tiempo le quedaba al Chairman en su lecho de muerte, antes de que lo despacharan de ahí como los rusos que ya no saben que hacer con su Lenín. El culto a la personalidad incluso en China ya se ve mal en medio de tanta -y esta vez verdadera- revolución cultural.

